Este fin de semana, nuestro líder Oscar nos llevó a reflexionar sobre uno de los pilares más vitales, pero a menudo más olvidados, de nuestra vida cristiana: nuestro tiempo a solas con Dios. Vivimos en una generación hiperconectada, donde el ruido de las redes sociales, las responsabilidades y las presiones diarias casi no nos dejan espacio para el silencio. Sin embargo, Oscar nos recordó con mucha sabiduría que nuestra fe no sobrevive únicamente de las reuniones grupales o de los domingos en la iglesia; necesita urgentemente la intimidad de lo secreto.
Jesús mismo nos dejó el mayor ejemplo de esto. A pesar de tener multitudes buscándolo constantemente y agendas llenas de milagros por hacer, Él siempre buscaba apartarse a lugares solitarios para hablar con el Padre. Ese era su motor, su lugar de recarga. En nuestra reunión, comprendimos que pasar tiempo a solas con Jesús no es una obligación religiosa ni una regla pesada, sino una invitación hermosa a sentarnos a sus pies, a escuchar su voz y a ser abrazados por su amor sin los filtros ni las máscaras que solemos usar frente a los demás.

Es en ese espacio a solas, cuando cerramos la puerta de nuestra habitación y abrimos la Biblia, donde verdaderamente permitimos que Él moldee nuestro carácter. Es ahí donde Jesús sana las heridas que nadie más ve y nos da la dirección exacta para enfrentar nuestros días. Es en el silencio donde el Espíritu Santo nos habla más fuerte.
El desafío que nos dejó Oscar es claro y muy necesario para todos nosotros: atrevámonos a apagar el celular por un momento cada día, a desconectarnos del ruido constante del mundo y a conectar de verdad con el único que puede dar descanso, identidad y propósito a nuestras almas. Todo gran ministerio y toda vida cristiana firme nace primero en la quietud de una habitación a solas con el Creador.
